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martes, 14 de octubre de 2008

jueves, 24 de julio de 2008

Postal dominguera

Otra plácida instantánea de los parques londineses: Hyde Park al atardecer.

miércoles, 16 de abril de 2008

Continuidad de los parques

Los londinenses adoran los parques, ni que dudarlo. Debe ser una cuestión de equilibrio, de compensar la locura que infunde la ciudad, un cable a tierra. Eso es obvio. Lo que me sorprende es que los parques de Londres un día parecen la escenografía de “Sensatez y sentimientos” y al otro, el más aterrador paisaje de “Cumbres Borrascosas”.

Si hay sol, el panorama será de lo más bucólico que puedan imaginarse, el más horripilísimo (Mafalda dixit) efecto flou. Piensen en perros de brillante pelaje corriendo detrás de su pelotita, en madres paseando a sus niños (de preferencia, rubios), exultantes deportistas transpirando vida sana, parejitas haciendo picnic… algún que otro viejito solitario gozando de la caminata diaria.

Si, en cambio, el cielo está que revienta de gris, de pesadumbre, superpoblado de gordotas nubes plomizas, escupiendo chaparrones de a ratos, entonces todo cambia.
El barro emerge como una lava negra, devorándolo todo.
Los niños se empantanan como granjeros, enfundados en toscas botas de goma.
Los perros, bestias prehistóricas, andan acechando por ahí, certeros portadores de alguna peste.
El picnic se arruina.
Desaparecen los ingenuos corredores: aparecen los guerreros espartanos en misiones heroicas.
El viejo se agarra un catarro de los mil demonios.

Así es la cosa, nomás. El Dr. Jekyll y Mr. Hyde de los parques londinenses. Para mí, uno tan estimulante como el otro.