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domingo, 12 de octubre de 2008

Triste descubrimiento acerca de la humanidad

Una de las cosas que descubrí cuando llegué a Londres, con este vergonzante balbuceo en inglés que llevo como una mochila, fue que la gente no se comunica: sólo quiere hablar. Aunque la mayoría de las veces no cazaba ni jota de lo que me decían, con mirar al tipo a los ojos y asentir con la cabeza, más algún que otro “ahá” o “I know”, listo el pollo.

Este triste descubrimiento acerca de la humanidad (sí, me encanta el tremendismo) por un lado me bajaba el nivel de estrés ante cada nueva situación comunicativa. Por el otro, me generaba un cuestionamiento incómodo: ¿yo también soy así? me preguntaba, con altas probabilidades de una respuesta afirmativa.

Debe ser el tipo de cosas que se mueven adentro cuando uno se mueve afuera, se traslada, emigra del lugar confortable, conocido. Debe ser.

martes, 8 de julio de 2008

Campo

Fin de semana con amigos en la campiña inglesa. Dejamos Londres en tren, munidos de bicicletas, frutas, velas y bolsas de dormir. Hora y media de viaje vía Cambridge y ya está. Pensándolo bien, no hay mucha diferencia con irse a pasar el día a San Antonio de Areco. Sólo que…no sé, el campo parece más campo acá.

¿Será porque la ciudad también parece más ciudad? ¿Será porque en Buenos Aires sentía que, desperdigados y medio escondidos, todavía podía encontrar pedacitos de campo en la ciudad? ¿Será porque Londres parece tan abrumadoramente urbana?

Por lo que sea, cuando el verde empezó a abrirse paso en la ventana del tren, fue como una excursión a otro planeta. El pasto siempre me pareció de un verde diferente en Inglaterra. Tiene como una fosforescencia rabiosa. Cuando en Argentina hacía zapping buscando alguna peli inglesa, la prueba del pasto nunca fallaba. Era matemática pura: si el pasto era fosforescente, el film era inglés.

Finalmente llegamos a Brandon, nuestro destino. Ahí nos esperaba un bautismo pagano en un río de aguas gélidas y musgosas. Y también unas tortafritas.

martes, 15 de abril de 2008

Bondi


¡Las veces que me habré tomado el 24…! No hay parada sobre Corrientes, de Villa Crespo al Obelisco, en la que no me lo haya tomado alguna vez… Hasta me taladró el cerebro noche tras noche cuando viví en un segundo piso a la calle, sobre Luis Viale, a pasitos del Cid. Es “el” colectivo de mi vida en Buenos Aires. Me acompañó en tantas situaciones…

Y ayer me lo volví a tomar al 24, pero desde Victoria Station hasta Camden Town. Que es como un tour gratis por Londres. Más si uno tiene la suerte de pasar por la Abadía de Westminster justo justo cuando están sonando las campanas, justo justo para dejarse envolver por ese sonido medieval. Mejor todavía si está cayendo el sol, y el Parlamento se vuelve una caverna gótica, monstruosa, dorada, fuera de escala.

Cuando llegamos a Trafalgar Square, enclave turístico londinense “de manual”, por primera vez reparé en un imponente edificio, frente a la archifamosa National Gallery… nada menos que la Embajada de Sudáfrica. ¿Qué tal? Esa centralidad del colonialismo me sorprendió. Casi una obscenidad, diría.

Después, la Avenida Corrientes pero de Londres: Charing Cross Road, la calle de las librerías. De todo tipo, color, atmósfera y estrategia de marketing: desde las grandes cadenas con cuatro pisos y ascensores, hasta los sucuchos al mejor estilo librería de viejo de Buenos Aires. La mejor es Murder One, una que vende sólo novelas de detectives. La especialidad de la casa: Sherlock Holmes.

Viejo y querido, o nuevo y excitante, el 24 es un must (como les gusta decir a las revistas londinenses) para el bolsillo del porteño o la cartera de la inmigrante argentina.