La policía londinense y la porteña son muy diferentes, eso es una verdad de perogrullo. No es sólo porque una trabaja y la otra… bue, la otra manguea pizza y manda mensajes de texto. Hay algo más, algo anclado en el imaginario social. El policía de Londres es todavía un humano, un simpático custodio del orden, incluso diría una autoridad confiable (a pesar de todo el terreno que ha ganado el discurso psicópata antiterrorista).
Lo primero que se le viene a uno a la cabeza es el clásico “bobby”, amable y desarmado. Se lo puede ver haciendo chistes con los manifestantes en una protesta. O en una esquina, respondiendo a las preguntas de los turistas desorientados, cual mesa de informes itinerante. Lo que se dice un tipo macanudo.
Hace unos días vi un afiche en el subte invitando a ser “policía voluntario”. Así como leyeron: cana ad honorem. ¿Se imaginan eso en Argentina? Imposible. Si acá se puede es porque hay todavía cierto capital simbólico, un orgullo, un prestigio en ser policía. No hay ruptura entre sociedad civil y fuerzas de seguridad: policía y ciudadano están en la misma vereda.
Y hace rato que eso no es así en Buenos Aires. Que tenemos tantas razones para sospechar de un policía como ellos de nosotros, o tal vez más. Sobre todo, si los pescamos saliendo de una panadería.
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lunes, 23 de junio de 2008
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