En la parada del bondi, la gente se acumula de forma distraída, aleatoria. Como quien no quiere la cosa, uno llega y se para en
c-u-a-l-q-u-i-e-r lado, no importa el orden. Ok, digo yo, y hago lo mismo. Supongo que cada uno se acuerda quién está primero, pienso, y sigo con cara de que la tengo re manyada.
Viene el colectivo y me doy cuenta de que no, de que todos se amontonan a lo ganado para subirse, cero respeto. Y entonces el que llegó último sube primero y el que hace dos horas que espera, se jode. La selección natural urbana.
Es loco, pero lo más loco es que nadie se queja, nadie dice nada. La fila es un quilombo, pero por alguna regla no escrita, todo el mundo es demasiado “educado” como para protestar contra algún piola.
Misterios de la máquina londinense. De este gigante entramado de hombres y costumbres. Andá a colarte en la cola del 168 en Puente Saavedra, pienso yo, y después contame.
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domingo, 5 de octubre de 2008
miércoles, 27 de agosto de 2008
Y dale con las diferencias
Sí, estoy un poco densa con esto de categorizar, pero ya saben: las etiquetas, los casilleros, las tablitas me tranquilizan, me acercan lo inasible, me permiten entrarle a la cosa por algún lado.
Desde que llegué, hace seis meses ya, tuve la sensación de que en Londres hay menos pobres que en Buenos Aires, pero también más locos, más alienados.
Que los londinenses viven mucho adentro de las casas. Por el frío, por la lluvia, porque lo único gratis es el aire, porque no es fácil apropiarse de esta inmensidad urbana, o qué se yo por qué.
Que “el” lugar de socialización es el pub, y entonces qué truchez de socialización: una excusa para emborracharse o para hacer lobby después de la oficina, pero de comunicación auténtica ni hablar.
Que la policía trabaja más o tiene más trabajo, porque en mi vida escuché tantas sirenas de patrullero en un solo día.
Que los kioscos de diarios rebalsan de magazines cholulas, pero ni una revista cultural o de análisis político (a lo sumo, me dijeron, se venden por suscripción).
La lista sigue y empareja un poco la balanza. La gente acepta la diversidad, no la “tolera”. El medio ambiente, los derechos del consumidor, la protección de la niñez no son entelequias. No hay pibes cartoneando, el yogur más básico anuncia que no contiene colorantes artificiales, hay mucha gente que ha adoptado la querida bolsa de los mandados para ahorrar plástico... Y como toda lista, no es exhaustiva.
Discúlpenme esta compulsión maniática de archivera vieja. Qué le vamo' hacer... ya aprenderé a desclasificar(me).
Desde que llegué, hace seis meses ya, tuve la sensación de que en Londres hay menos pobres que en Buenos Aires, pero también más locos, más alienados.
Que los londinenses viven mucho adentro de las casas. Por el frío, por la lluvia, porque lo único gratis es el aire, porque no es fácil apropiarse de esta inmensidad urbana, o qué se yo por qué.
Que “el” lugar de socialización es el pub, y entonces qué truchez de socialización: una excusa para emborracharse o para hacer lobby después de la oficina, pero de comunicación auténtica ni hablar.
Que la policía trabaja más o tiene más trabajo, porque en mi vida escuché tantas sirenas de patrullero en un solo día.
Que los kioscos de diarios rebalsan de magazines cholulas, pero ni una revista cultural o de análisis político (a lo sumo, me dijeron, se venden por suscripción).
La lista sigue y empareja un poco la balanza. La gente acepta la diversidad, no la “tolera”. El medio ambiente, los derechos del consumidor, la protección de la niñez no son entelequias. No hay pibes cartoneando, el yogur más básico anuncia que no contiene colorantes artificiales, hay mucha gente que ha adoptado la querida bolsa de los mandados para ahorrar plástico... Y como toda lista, no es exhaustiva.
Discúlpenme esta compulsión maniática de archivera vieja. Qué le vamo' hacer... ya aprenderé a desclasificar(me).
domingo, 17 de agosto de 2008
Tránsito
A riesgo de ser esquemática, me atrevo a decir que tres cosas nos diferencian de los londinenses en cuestiones de transporte: manejan despacio, ceden el paso y hacen señas (contrariamente a lo que dicta la tradición argentina, si un tipo va a doblar, pone el guiño; y si pone el guiño, dobla). Eso hace que se den situaciones muy extrañas para oriundo de la Santa María del Buen Ayre, a saber:
- en un cruce de dos calles doble mano, cualquiera puede doblar para cualquier lado
- se puede estacionar en contramano (provocando el subsiguiente pánico de los ciclistas abatatados que pensamos que nos equivocamos de calle)
- hay sendas peatonales sin semáforos, que al solo contacto con el dedo gordo del pie de un transeúnte genera la clavada de frenos de cualquier rodado cercano
- el semáforo, después de la luz roja y antes de volver a dejar circular libremente a los autos, atraviesa una etapa intermedia, un parpadeo ambiguo que significa “prioridad pero no exclusividad” para los caminantes; con lo cual si no hay peatón a la vista el coche puede pasar
Ahora, un simple ejercicio de imaginación: ¿se dan una idea del caos que sería permitir todo eso en Buenos Aires?
No sé si acá es posible porque los ingleses (o la mayoría) son obedientes por default o porque el respeto se forjó a fuerza de multas carísimas, pero la cosa funciona. Habiendo padecido mi vida sobre dos ruedas en Argentina, debo decir que éste es uno de los detalles del “modo de ser” británico en que no me molesta cierta tendencia a la genuflexión.
- en un cruce de dos calles doble mano, cualquiera puede doblar para cualquier lado
- se puede estacionar en contramano (provocando el subsiguiente pánico de los ciclistas abatatados que pensamos que nos equivocamos de calle)
- hay sendas peatonales sin semáforos, que al solo contacto con el dedo gordo del pie de un transeúnte genera la clavada de frenos de cualquier rodado cercano
- el semáforo, después de la luz roja y antes de volver a dejar circular libremente a los autos, atraviesa una etapa intermedia, un parpadeo ambiguo que significa “prioridad pero no exclusividad” para los caminantes; con lo cual si no hay peatón a la vista el coche puede pasar
Ahora, un simple ejercicio de imaginación: ¿se dan una idea del caos que sería permitir todo eso en Buenos Aires?
No sé si acá es posible porque los ingleses (o la mayoría) son obedientes por default o porque el respeto se forjó a fuerza de multas carísimas, pero la cosa funciona. Habiendo padecido mi vida sobre dos ruedas en Argentina, debo decir que éste es uno de los detalles del “modo de ser” británico en que no me molesta cierta tendencia a la genuflexión.
viernes, 18 de julio de 2008
Clima
En Londres se habla del clima como en Buenos Aires se habla de política. Es la charla obligada, el tema que rompe el hielo en el taxi, en el ascensor o en el mercadito de la esquina.
No hay duda de que los lugares comunes facilitan la cosa comunicativa, acá y allá, pero me asombra lo arriesgados que somos a la hora de establecer una fórmula para la interacción. Son distintos grados de compromiso: el comentario vacío de “uy…cómo llueve” y la opinión desgarrada de “en vez de avanzar, en este país vamos para atrás”.
Me dice una fuente confiable que el tópico del clima en Londres tiene que ver con “lo ingobernable” (y sabemos que es algo que puede volver loco a cualquier cristiano). Tal vez también haya un poco de eso en las críticas de dos pesos del tachero porteño, como un sentimiento de que el asunto se va de las manos. Sólo que lo que está “fuera de control” en un caso es el viento y en el otro, un país.
¿Hay algo más impersonal que hablar del clima? La conversación se desliza sin sobresaltos, no sólo porque es materia archiconocida, sino también porque el objetivo de no discrepar está garantizado. A lo sumo se puede blasfemar contra el servicio meteorológico.
No pasa lo mismo cuando se trata de política, claro. El comentador se expone, exhibe una parte de sí cuando juzga. El terreno es inevitablemente personal, y social: da la casualidad que eso que elegimos en Argentina como lugar común de las conversaciones casuales es algo que nos afecta a todos. Más aun: somos nosotros mismos.
No hay duda de que los lugares comunes facilitan la cosa comunicativa, acá y allá, pero me asombra lo arriesgados que somos a la hora de establecer una fórmula para la interacción. Son distintos grados de compromiso: el comentario vacío de “uy…cómo llueve” y la opinión desgarrada de “en vez de avanzar, en este país vamos para atrás”.
Me dice una fuente confiable que el tópico del clima en Londres tiene que ver con “lo ingobernable” (y sabemos que es algo que puede volver loco a cualquier cristiano). Tal vez también haya un poco de eso en las críticas de dos pesos del tachero porteño, como un sentimiento de que el asunto se va de las manos. Sólo que lo que está “fuera de control” en un caso es el viento y en el otro, un país.
¿Hay algo más impersonal que hablar del clima? La conversación se desliza sin sobresaltos, no sólo porque es materia archiconocida, sino también porque el objetivo de no discrepar está garantizado. A lo sumo se puede blasfemar contra el servicio meteorológico.
No pasa lo mismo cuando se trata de política, claro. El comentador se expone, exhibe una parte de sí cuando juzga. El terreno es inevitablemente personal, y social: da la casualidad que eso que elegimos en Argentina como lugar común de las conversaciones casuales es algo que nos afecta a todos. Más aun: somos nosotros mismos.
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lunes, 23 de junio de 2008
Cana
La policía londinense y la porteña son muy diferentes, eso es una verdad de perogrullo. No es sólo porque una trabaja y la otra… bue, la otra manguea pizza y manda mensajes de texto. Hay algo más, algo anclado en el imaginario social. El policía de Londres es todavía un humano, un simpático custodio del orden, incluso diría una autoridad confiable (a pesar de todo el terreno que ha ganado el discurso psicópata antiterrorista).
Lo primero que se le viene a uno a la cabeza es el clásico “bobby”, amable y desarmado. Se lo puede ver haciendo chistes con los manifestantes en una protesta. O en una esquina, respondiendo a las preguntas de los turistas desorientados, cual mesa de informes itinerante. Lo que se dice un tipo macanudo.
Hace unos días vi un afiche en el subte invitando a ser “policía voluntario”. Así como leyeron: cana ad honorem. ¿Se imaginan eso en Argentina? Imposible. Si acá se puede es porque hay todavía cierto capital simbólico, un orgullo, un prestigio en ser policía. No hay ruptura entre sociedad civil y fuerzas de seguridad: policía y ciudadano están en la misma vereda.
Y hace rato que eso no es así en Buenos Aires. Que tenemos tantas razones para sospechar de un policía como ellos de nosotros, o tal vez más. Sobre todo, si los pescamos saliendo de una panadería.
Lo primero que se le viene a uno a la cabeza es el clásico “bobby”, amable y desarmado. Se lo puede ver haciendo chistes con los manifestantes en una protesta. O en una esquina, respondiendo a las preguntas de los turistas desorientados, cual mesa de informes itinerante. Lo que se dice un tipo macanudo.
Hace unos días vi un afiche en el subte invitando a ser “policía voluntario”. Así como leyeron: cana ad honorem. ¿Se imaginan eso en Argentina? Imposible. Si acá se puede es porque hay todavía cierto capital simbólico, un orgullo, un prestigio en ser policía. No hay ruptura entre sociedad civil y fuerzas de seguridad: policía y ciudadano están en la misma vereda.
Y hace rato que eso no es así en Buenos Aires. Que tenemos tantas razones para sospechar de un policía como ellos de nosotros, o tal vez más. Sobre todo, si los pescamos saliendo de una panadería.
domingo, 13 de abril de 2008
Inaugurar
“Por dónde empiezo” me dije, y me respondí: “por el barrio”. Porque, después de todo, éste es un blog que habla de barrios, de tierras, de emplazamientos y desplazamientos.
Y acá vamos con este miniaguafuerte inaugural sobre mi extraño (más por raro que por ajeno) nuevo barrio vecino: Camden Town.
Que parece que en una época, hace como treinta años, fue el epicentro del punk, así como San Telmo lo fue del tango, y ahora es poco más que una caricatura de sí mismo.
Los niños envueltos en cuero y metal, portadores de crestas dignas del talento de Miguelito Romano, son tan “pura escenografía ad hoc” como las parejas bailando canyengue en la calle Defensa.
Que parece que en una época, hace como treinta años, fue el epicentro del punk, así como San Telmo lo fue del tango, y ahora es poco más que una caricatura de sí mismo.
Los niños envueltos en cuero y metal, portadores de crestas dignas del talento de Miguelito Romano, son tan “pura escenografía ad hoc” como las parejas bailando canyengue en la calle Defensa.
Hay que decir, mal que nos pese, que el turismo se ha encargado de minar la autenticidad de estos lugares. Lo que otrora fue la expresión de un espíritu transgresor, hoy es una sórdida Disneylandia hecha a la medida de la expectativa del cliente. Satisfacción 100 % garantizada.
Lástima por Camden y por San Telmo, pero no por el punk o el tango, que seguro están vivitos y coleando, por algún otro lado.
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