A riesgo de ser esquemática, me atrevo a decir que tres cosas nos diferencian de los londinenses en cuestiones de transporte: manejan despacio, ceden el paso y hacen señas (contrariamente a lo que dicta la tradición argentina, si un tipo va a doblar, pone el guiño; y si pone el guiño, dobla). Eso hace que se den situaciones muy extrañas para oriundo de la Santa María del Buen Ayre, a saber:
- en un cruce de dos calles doble mano, cualquiera puede doblar para cualquier lado
- se puede estacionar en contramano (provocando el subsiguiente pánico de los ciclistas abatatados que pensamos que nos equivocamos de calle)
- hay sendas peatonales sin semáforos, que al solo contacto con el dedo gordo del pie de un transeúnte genera la clavada de frenos de cualquier rodado cercano
- el semáforo, después de la luz roja y antes de volver a dejar circular libremente a los autos, atraviesa una etapa intermedia, un parpadeo ambiguo que significa “prioridad pero no exclusividad” para los caminantes; con lo cual si no hay peatón a la vista el coche puede pasar
Ahora, un simple ejercicio de imaginación: ¿se dan una idea del caos que sería permitir todo eso en Buenos Aires?
No sé si acá es posible porque los ingleses (o la mayoría) son obedientes por default o porque el respeto se forjó a fuerza de multas carísimas, pero la cosa funciona. Habiendo padecido mi vida sobre dos ruedas en Argentina, debo decir que éste es uno de los detalles del “modo de ser” británico en que no me molesta cierta tendencia a la genuflexión.
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domingo, 17 de agosto de 2008
viernes, 18 de abril de 2008
Los profesionales de la bici
¿Qué son? Definitivamente, una raza superior. ¿Por dónde andan? Abundan en la City londinense, pero se los puede encontrar por toda la ciudad. Hora recomendada para el avistamiento: seis de la tarde, cuando salen de las oficinas rumbo a sus hogares.
¿Cómo reconocerlos? Fácil, por la vestimenta reglamentaria: chaqueta amarillo flúo, calzas negras y mochila outdoor. Eso, más todos los otros ingredientes de seguridad vial para el ciclista (todo eso que acá llaman “be seen, be safe”): casco con luces incorporadas, flash supersónico, ojo de gato furioso, fosforescencias a granel.
Saben perfectamente hacia dónde van. Nunca dudan. Jamás se pierden. Respetan los semáforos. No hay loma que los intimide. Y van rápido. Muuuuy rápido.
Si usted anda pedaleando por ahí, cual tortuga en su humilde bici de paseo, y se topa con uno de ellos… ni lo piense: ¡hágase a un lado! Pero hágalo sin titubear, con decisión, asumiendo dignamente su inferioridad bicicletil.
La bicicleta es una institución en Londres. Por lo caro del transporte, por el caos del tránsito, por toda la cosa de vida sana y deporte que le gusta a mucha gente. Pero, como en toda institución, hay jerarquías que respetar. O, si lo prefieren: todos los ciclistas son iguales, pero algunos son más iguales que otros.
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