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domingo, 17 de agosto de 2008

Tránsito

A riesgo de ser esquemática, me atrevo a decir que tres cosas nos diferencian de los londinenses en cuestiones de transporte: manejan despacio, ceden el paso y hacen señas (contrariamente a lo que dicta la tradición argentina, si un tipo va a doblar, pone el guiño; y si pone el guiño, dobla). Eso hace que se den situaciones muy extrañas para oriundo de la Santa María del Buen Ayre, a saber:

- en un cruce de dos calles doble mano, cualquiera puede doblar para cualquier lado

- se puede estacionar en contramano (provocando el subsiguiente pánico de los ciclistas abatatados que pensamos que nos equivocamos de calle)

- hay sendas peatonales sin semáforos, que al solo contacto con el dedo gordo del pie de un transeúnte genera la clavada de frenos de cualquier rodado cercano

- el semáforo, después de la luz roja y antes de volver a dejar circular libremente a los autos, atraviesa una etapa intermedia, un parpadeo ambiguo que significa “prioridad pero no exclusividad” para los caminantes; con lo cual si no hay peatón a la vista el coche puede pasar

Ahora, un simple ejercicio de imaginación: ¿se dan una idea del caos que sería permitir todo eso en Buenos Aires?

No sé si acá es posible porque los ingleses (o la mayoría) son obedientes por default o porque el respeto se forjó a fuerza de multas carísimas, pero la cosa funciona. Habiendo padecido mi vida sobre dos ruedas en Argentina, debo decir que éste es uno de los detalles del “modo de ser” británico en que no me molesta cierta tendencia a la genuflexión.

viernes, 18 de julio de 2008

Clima

En Londres se habla del clima como en Buenos Aires se habla de política. Es la charla obligada, el tema que rompe el hielo en el taxi, en el ascensor o en el mercadito de la esquina.

No hay duda de que los lugares comunes facilitan la cosa comunicativa, acá y allá, pero me asombra lo arriesgados que somos a la hora de establecer una fórmula para la interacción. Son distintos grados de compromiso: el comentario vacío de “uy…cómo llueve” y la opinión desgarrada de “en vez de avanzar, en este país vamos para atrás”.

Me dice una fuente confiable que el tópico del clima en Londres tiene que ver con “lo ingobernable” (y sabemos que es algo que puede volver loco a cualquier cristiano). Tal vez también haya un poco de eso en las críticas de dos pesos del tachero porteño, como un sentimiento de que el asunto se va de las manos. Sólo que lo que está “fuera de control” en un caso es el viento y en el otro, un país.

¿Hay algo más impersonal que hablar del clima? La conversación se desliza sin sobresaltos, no sólo porque es materia archiconocida, sino también porque el objetivo de no discrepar está garantizado. A lo sumo se puede blasfemar contra el servicio meteorológico.

No pasa lo mismo cuando se trata de política, claro. El comentador se expone, exhibe una parte de sí cuando juzga. El terreno es inevitablemente personal, y social: da la casualidad que eso que elegimos en Argentina como lugar común de las conversaciones casuales es algo que nos afecta a todos. Más aun: somos nosotros mismos.

lunes, 30 de junio de 2008

Lesbos

Londres le depara a uno experiencias inverosímiles. Como la de estar pasando en bondi por pleno “microcentro” y de pronto descubrir un cementerio medieval. O como la de caminar por un barrio residencial a la noche y encontrar un zorro en el medio de la calle. O como la del sábado pasado: entrar a un parque y bañarse en un lago sólo reservado para mujeres, en un entorno digno de Sueño de una noche de verano.

Sí, en el corazón de Hampstead Heath (a veinte minutos del centro de la ciudad), rodeada de un bosque encantado, hay una isla de Lesbos oculta. Con mujeres de todos los tipos, edades y tamaños, alejadas de cualquier decoro inglés y de la tiranía de la moda: la mayoría ni siquiera usa traje de baño, sólo una bombacha ordinaria y topless.

A la entrada, los carteles advierten, so pena de descuartizamiento en Trafalgar Square: “ladies only”. Un poco más allá, una máquina expendedora de entradas que, otro dato inverosímil en un pueblo tan respetuoso de las reglas, casi nadie usa. Y al final del sendero: ese paraíso de féminas, esa reivindicación de las sociedades matriarcales.

Yo celebro la caja de Pandora londinense, agradezco el solcito y la brisa tibia, y me voy a dar un chapuzón al lado de los patos.