martes, 8 de julio de 2008

Campo

Fin de semana con amigos en la campiña inglesa. Dejamos Londres en tren, munidos de bicicletas, frutas, velas y bolsas de dormir. Hora y media de viaje vía Cambridge y ya está. Pensándolo bien, no hay mucha diferencia con irse a pasar el día a San Antonio de Areco. Sólo que…no sé, el campo parece más campo acá.

¿Será porque la ciudad también parece más ciudad? ¿Será porque en Buenos Aires sentía que, desperdigados y medio escondidos, todavía podía encontrar pedacitos de campo en la ciudad? ¿Será porque Londres parece tan abrumadoramente urbana?

Por lo que sea, cuando el verde empezó a abrirse paso en la ventana del tren, fue como una excursión a otro planeta. El pasto siempre me pareció de un verde diferente en Inglaterra. Tiene como una fosforescencia rabiosa. Cuando en Argentina hacía zapping buscando alguna peli inglesa, la prueba del pasto nunca fallaba. Era matemática pura: si el pasto era fosforescente, el film era inglés.

Finalmente llegamos a Brandon, nuestro destino. Ahí nos esperaba un bautismo pagano en un río de aguas gélidas y musgosas. Y también unas tortafritas.

lunes, 30 de junio de 2008

Lesbos

Londres le depara a uno experiencias inverosímiles. Como la de estar pasando en bondi por pleno “microcentro” y de pronto descubrir un cementerio medieval. O como la de caminar por un barrio residencial a la noche y encontrar un zorro en el medio de la calle. O como la del sábado pasado: entrar a un parque y bañarse en un lago sólo reservado para mujeres, en un entorno digno de Sueño de una noche de verano.

Sí, en el corazón de Hampstead Heath (a veinte minutos del centro de la ciudad), rodeada de un bosque encantado, hay una isla de Lesbos oculta. Con mujeres de todos los tipos, edades y tamaños, alejadas de cualquier decoro inglés y de la tiranía de la moda: la mayoría ni siquiera usa traje de baño, sólo una bombacha ordinaria y topless.

A la entrada, los carteles advierten, so pena de descuartizamiento en Trafalgar Square: “ladies only”. Un poco más allá, una máquina expendedora de entradas que, otro dato inverosímil en un pueblo tan respetuoso de las reglas, casi nadie usa. Y al final del sendero: ese paraíso de féminas, esa reivindicación de las sociedades matriarcales.

Yo celebro la caja de Pandora londinense, agradezco el solcito y la brisa tibia, y me voy a dar un chapuzón al lado de los patos.

lunes, 23 de junio de 2008

Cana

La policía londinense y la porteña son muy diferentes, eso es una verdad de perogrullo. No es sólo porque una trabaja y la otra… bue, la otra manguea pizza y manda mensajes de texto. Hay algo más, algo anclado en el imaginario social. El policía de Londres es todavía un humano, un simpático custodio del orden, incluso diría una autoridad confiable (a pesar de todo el terreno que ha ganado el discurso psicópata antiterrorista).

Lo primero que se le viene a uno a la cabeza es el clásico “bobby”, amable y desarmado. Se lo puede ver haciendo chistes con los manifestantes en una protesta. O en una esquina, respondiendo a las preguntas de los turistas desorientados, cual mesa de informes itinerante. Lo que se dice un tipo macanudo.

Hace unos días vi un afiche en el subte invitando a ser “policía voluntario”. Así como leyeron: cana ad honorem. ¿Se imaginan eso en Argentina? Imposible. Si acá se puede es porque hay todavía cierto capital simbólico, un orgullo, un prestigio en ser policía. No hay ruptura entre sociedad civil y fuerzas de seguridad: policía y ciudadano están en la misma vereda.

Y hace rato que eso no es así en Buenos Aires. Que tenemos tantas razones para sospechar de un policía como ellos de nosotros, o tal vez más. Sobre todo, si los pescamos saliendo de una panadería.

viernes, 20 de junio de 2008

Tres ladies

Una "lovely" postal del verano londinense: domingo a la tarde en Parliament Hill.

viernes, 6 de junio de 2008

Un poco personal

Permítanme este desliz melanco y algo infantil, si se quiere.Recuerdo mis primeros días en Londres. Me recuerdo a mí, caminando por Kentish Town Road con la sensación de que había otra Florencia en Buenos Aires, una que seguía yendo a trabajar como siempre, como si nada hubiese pasado. Un desdoblamiento involuntario. ¿Un mecanismo psicológico para amortizar el shock del cambio? Qué se yo. Lo que sé es que hay algo de la existencia constante, regular, inmutable que nos tranquiliza, que me tranquiliza.

Estuve unas pocas horas en Buenos Aires y quise ir a comer pizza de parado a Guerrin con mi amigo Santi (ex periodista, futuro coreógrafo, eternamente poeta de lenguaje poderoso). Y ni bien entramos a ese antro de la fritura lo vemos, paradito detrás de la caja, como desde el principio de la Historia de la Humanidad imagino yo. El tipo viene cobrándome la pizza de verdura que me pido cada vuelta desde la primera vez, hace casi diez años.

Con Santi pensamos en el alivio que es descubrir que a pesar de que uno se vaya y vuelva, haga y deshaga, se case y se divorcie…siempre va a haber un cajero de pizzería justo a la vuelta de la esquina, para demostrarnos que el mundo sigue siendo mundo.

sábado, 17 de mayo de 2008

Greeting cards

Y de repente, andando en bondi, mirando por la ventanilla como si fuera una pantalla (como si vivir en Londres fuera un reality show)…zás! me doy cuenta: esta ciudad está plagada de tiendas que venden tarjetas de saludo. Hablo de locales y locales que sólo venden “greeting cards”, SÓLO eso. No me acuerdo qué filósofo (¿era Benjamin?) proponía mirar en la basura para conocer a una sociedad. Yo diría, en este caso, mirar a sus comercios también.

El asunto es que acá si cumplís años te mandan una tarjeta, si te casás te mandan una tarjeta, si te recibiste te mandan una tarjeta, si tuviste varicela te mandan una tarjeta, si se te murió el gato te mandan una tarjeta, si cambiaste de trabajo: a que no adivinan qué pasa…

Hay toda una cosa de ser “polite” (“bien-aprendido” diría mi abuela) que urge a los ingleses a hacerse presente de un modo, vaya paradoja, bastante ausente. En Argentina ponemos más el cuerpo, me parece. No digo que seamos más sinceros. Digo que incluso si la vamos a caretear, nos hacemos cargo de caretearla: vamos al velorio con cara de pésame y hasta moqueamos un buen rato y todo (véase: Conducta en los velorios, de Julio Cortázar).

Qué se yo, es una cosa rara este mundo de greeting cards. Más protocolo que afecto, desde mi humilde opinión. Yo prefiero que me toquen el timbre, sin avisar.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Morfi

Y en este rincón…la más puritana comida orgánica, vegetariana, vegana. En el otro…la más futurista comida chatarra: del freezer al microondas y del microondas a la mesa. Luchan por el trofeo más preciado: los consumidores.

Y sí, vuelvo a escribir sobre Londres y vuelvo a hablar de extremos, de opuestos, del agua y el aceite. Por un lado, el culto a la vida sana, al regreso a la naturaleza (más que difícil en medio de una ciudad monstruo como ésta), y con eso también al yoga, a la ropa de algodón, al “slow life-style”. Por el otro, el tanque de guerra de la obesidad (endémica en Inglaterra): la comida preparada, prefrita, embadurnada en grasa, fácil y rápida.

A primera vista uno pensaría que esas bandejas de rollitos primavera con pato son un manjar (tanto como el tofu una asquerosidad), pero después de una exhaustivo trabajo de campo, debo decir que el 50% de esta “comida mágica” es basura. Sabe a basura. Es como comer plástico. Como comer algo que cocinó un robot. Lejos, lejos, muuuuy lejos de una buena pasta casera nacida de las manos de mi abuela, por ejemplo. Pasado el primer fervor, la primera locura por probar t-o-d-o, me dí cuenta de que por lo menos la mitad de esa caja de Pandora pantagruélica ni siquiera vale la pena.

En cuanto a los supermercados, pactan con Dios y con el diablo: tienen sus propias líneas de verduras orgánicas, pero también tienen sus cajitas de “fish and chips” a la crema de no sé qué cosa, listas para calentar y devorar. La mejor prueba de que tanto una opción alimentaria como la otra han sido cooptadas por el capitalismo.

Hay, sin embargo, una diferencia injusta: como la onda natural es una moda con adeptos en ascenso (el mismo gobierno la promueve con una campaña para que los británicos consuman cinco porciones de frutas o verduras por día) los precios también ascienden…y una ensalada de frutas insulsa puede costar el doble que una docena de pancitos dulces (“casi” facturas, riquísimos, para saborear sobre todo en Pascuas).

En esta ciudad, comer es más que subsistir. Es una toma de posición. Una elección de bando. Londres da para todos los gustos.