A veces se me da por pensar que la gente en Londres no hace más que ir de shopping y tomarse una cerveza en el pub. Que los museos son “consumidos” como versiones cultas de un fast food. Que las expresiones artísticas tienen más que ver con el mercado que con la comunidad (para bailar tango, hay que garpar siempre, no existe la idea de ir a una plaza y encontrarte una milonga a la luz de la luna).
Y otras veces me digo que no, que tampoco es para tanto. Como ayer, en el London Film Festival: una masa humana desbordante para ver Caos calmo, una italiana protagonizada por Nanni Moretti (por supuesto, nadie hizo cola para entrar, otro caso “a lo bus stop”).
Toda esa gente ahí, esperando para ver una película de Moretti... no todo está perdido, entonces. Y al final, una de esas sorpresas que Londres tiene guardadas: el mismísimo Nanni ahí, hablando con el público, un poco incómodo, y tan genio como siempre.
Ergo, lo que mata no es la humedad, sino el prejuicio.
lunes, 20 de octubre de 2008
martes, 14 de octubre de 2008
domingo, 12 de octubre de 2008
Triste descubrimiento acerca de la humanidad
Una de las cosas que descubrí cuando llegué a Londres, con este vergonzante balbuceo en inglés que llevo como una mochila, fue que la gente no se comunica: sólo quiere hablar. Aunque la mayoría de las veces no cazaba ni jota de lo que me decían, con mirar al tipo a los ojos y asentir con la cabeza, más algún que otro “ahá” o “I know”, listo el pollo.
Este triste descubrimiento acerca de la humanidad (sí, me encanta el tremendismo) por un lado me bajaba el nivel de estrés ante cada nueva situación comunicativa. Por el otro, me generaba un cuestionamiento incómodo: ¿yo también soy así? me preguntaba, con altas probabilidades de una respuesta afirmativa.
Debe ser el tipo de cosas que se mueven adentro cuando uno se mueve afuera, se traslada, emigra del lugar confortable, conocido. Debe ser.
Este triste descubrimiento acerca de la humanidad (sí, me encanta el tremendismo) por un lado me bajaba el nivel de estrés ante cada nueva situación comunicativa. Por el otro, me generaba un cuestionamiento incómodo: ¿yo también soy así? me preguntaba, con altas probabilidades de una respuesta afirmativa.
Debe ser el tipo de cosas que se mueven adentro cuando uno se mueve afuera, se traslada, emigra del lugar confortable, conocido. Debe ser.
domingo, 5 de octubre de 2008
Bus stop
En la parada del bondi, la gente se acumula de forma distraída, aleatoria. Como quien no quiere la cosa, uno llega y se para en
c-u-a-l-q-u-i-e-r lado, no importa el orden. Ok, digo yo, y hago lo mismo. Supongo que cada uno se acuerda quién está primero, pienso, y sigo con cara de que la tengo re manyada.
Viene el colectivo y me doy cuenta de que no, de que todos se amontonan a lo ganado para subirse, cero respeto. Y entonces el que llegó último sube primero y el que hace dos horas que espera, se jode. La selección natural urbana.
Es loco, pero lo más loco es que nadie se queja, nadie dice nada. La fila es un quilombo, pero por alguna regla no escrita, todo el mundo es demasiado “educado” como para protestar contra algún piola.
Misterios de la máquina londinense. De este gigante entramado de hombres y costumbres. Andá a colarte en la cola del 168 en Puente Saavedra, pienso yo, y después contame.
c-u-a-l-q-u-i-e-r lado, no importa el orden. Ok, digo yo, y hago lo mismo. Supongo que cada uno se acuerda quién está primero, pienso, y sigo con cara de que la tengo re manyada.
Viene el colectivo y me doy cuenta de que no, de que todos se amontonan a lo ganado para subirse, cero respeto. Y entonces el que llegó último sube primero y el que hace dos horas que espera, se jode. La selección natural urbana.
Es loco, pero lo más loco es que nadie se queja, nadie dice nada. La fila es un quilombo, pero por alguna regla no escrita, todo el mundo es demasiado “educado” como para protestar contra algún piola.
Misterios de la máquina londinense. De este gigante entramado de hombres y costumbres. Andá a colarte en la cola del 168 en Puente Saavedra, pienso yo, y después contame.
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lunes, 29 de septiembre de 2008
jueves, 18 de septiembre de 2008
Como un relojito
Una vez escuché a una nena de unos cinco años, hablando con otra de la misma edad, decir “to be precise...”(para ser precisos) y continuar con la explicación de algo que no llegué a escuchar. ¡Cinco años! Cinco años y ya han abrazado modismos como ése que, para ser precisos, me lleva a pensar en toda esta cosa de la exactitud inglesa.
Es cierto que cuando acá comprás algo por 99 peniques y te dan 1 de vuelto es porque la plata vale, los centavos valen (más que en Argentina). Pero también porque es “precisamente” justo y riguroso.
En 31 años allá, y siendo nieta, sobrina y ahijada de zapateros (!), nunca vi que se le midieran los pies a nadie, para constatar si es número 11 u 11 ½, o los dos a la vez (en un pie y el otro, respectivamente). Para ser precisos.
En 31 años de cocinar torta fácil, torta sin huevo, torta rápida, y hasta budín inglés, nunca supe lo que era una “teaspoon”. De hecho, cuando lo leí en un libro acá, pensé “ah...ok, una cuchara de té”. Hasta que una amiga me mostró que era una cuchara especial, que viene en set con otras, como un manojo de llaves de mecánico. Para ser precisos.
Tanto fanatismo por la medición me genera un poco de rebeldía adolescente. Hasta que encuentro el desborde y la imprecisión en otras cosas: la desprolijidad de la vereda, la demora del tren... Ahí se me pasa. Ahí me doy cuenta de que lo que se contiene por un lado, explota por el otro, como una metáfora escatológica que compensa los extremos. Qué Londres bipolar, que lo parió.
Es cierto que cuando acá comprás algo por 99 peniques y te dan 1 de vuelto es porque la plata vale, los centavos valen (más que en Argentina). Pero también porque es “precisamente” justo y riguroso.
En 31 años allá, y siendo nieta, sobrina y ahijada de zapateros (!), nunca vi que se le midieran los pies a nadie, para constatar si es número 11 u 11 ½, o los dos a la vez (en un pie y el otro, respectivamente). Para ser precisos.
En 31 años de cocinar torta fácil, torta sin huevo, torta rápida, y hasta budín inglés, nunca supe lo que era una “teaspoon”. De hecho, cuando lo leí en un libro acá, pensé “ah...ok, una cuchara de té”. Hasta que una amiga me mostró que era una cuchara especial, que viene en set con otras, como un manojo de llaves de mecánico. Para ser precisos.
Tanto fanatismo por la medición me genera un poco de rebeldía adolescente. Hasta que encuentro el desborde y la imprecisión en otras cosas: la desprolijidad de la vereda, la demora del tren... Ahí se me pasa. Ahí me doy cuenta de que lo que se contiene por un lado, explota por el otro, como una metáfora escatológica que compensa los extremos. Qué Londres bipolar, que lo parió.
domingo, 7 de septiembre de 2008
Al pan, pan
“Londres te pone cuatro, cinco kilos” me dijo una amiga que vivió acá diez años. Y yo lo sello, lo firmo y lo certifico. ¿Es el frío? Puede ser. ¿La vida hogareña? También. Pero seguro que, además, colabora la oferta alimenticia infinita y multicultural a precios nada picantes.
Mis gustos están cambiando. O mejor dicho se amplían. Nunca antes había probado
queso brie, o taramasalata, y ahora son parte de mi dieta básica. El sushi dejó de ser algo de copetudos fashion, y, en lugar de empanadas, el delivery trae comida india.
Claro que tampoco he encontrado una pizza decente, digamos...real. Es increíble cómo le meten el perro a la gente haciéndole creer que ese masacote gomoso y grasiento es la tradición italiana hecha alimento. En cuanto a los helados, no hay nada, pero NADA que tenga un mínimo denominador común con el chocolate amargo de Volta (qué tiempos aquéllos).
Vengo leyendo varios blogs y post y cosots sobre la “adaptación” de los que se fueron. No emito opinión porque no lo tengo claro ni para mí. Pero si tal cosa existiera, debo decir que en mi caso, la comida (tan íntima y tan social a la vez) algo tendría que ver en el asunto. Por ahora sólo se trata de descubrir esas pequeñas mutaciones de la vida cotidiana. Porque somos lo que comemos, en más de un sentido.
Mis gustos están cambiando. O mejor dicho se amplían. Nunca antes había probado
queso brie, o taramasalata, y ahora son parte de mi dieta básica. El sushi dejó de ser algo de copetudos fashion, y, en lugar de empanadas, el delivery trae comida india.
Claro que tampoco he encontrado una pizza decente, digamos...real. Es increíble cómo le meten el perro a la gente haciéndole creer que ese masacote gomoso y grasiento es la tradición italiana hecha alimento. En cuanto a los helados, no hay nada, pero NADA que tenga un mínimo denominador común con el chocolate amargo de Volta (qué tiempos aquéllos).
Vengo leyendo varios blogs y post y cosots sobre la “adaptación” de los que se fueron. No emito opinión porque no lo tengo claro ni para mí. Pero si tal cosa existiera, debo decir que en mi caso, la comida (tan íntima y tan social a la vez) algo tendría que ver en el asunto. Por ahora sólo se trata de descubrir esas pequeñas mutaciones de la vida cotidiana. Porque somos lo que comemos, en más de un sentido.
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